En estas fechas, a lo largo de nuestra costa tienen lugar un sinfín de ‘ritos’. Desde los típicos que protagonizan mariscadores, almadraberos, amantes de los atardeceres de ensueño… (todos en clave positiva); hasta esos otros que, aunque en su día adquirieron la categoría de costumbre, se antojan peligrosos y, por ello, están totalmente prohibidos.
Tan peligrosos que, en no pocos casos, han tenido consecuencias de cierta consideración para quienes, desoyendo toda advertencia, los han practicado.
Uno de esos ‘ritos prohibidos’ en la costa de Cádiz son los saltos desde el emblemático Puente Canal, localizado en el malecón del Castillo de San Sebastián.
Saltos que, incluso, llegaron a tener carácter de rito iniciático para muchos de los ‘habitantes’ de este bello rincón, los caleteros.
Y es que antes de ser prohibidos por el Ayuntamiento de Cádiz, raras eran esas largas jornadas de verano en las que los jóvenes no formaban colas para realizar los atrevidos saltos.
De hecho, formaban parte de un escenario costero gaditano al que también daban (aún dan) vida las barquillas pesqueras, el bullicio y buen ambiente de las reuniones playeras de vecinos y familiares, las entretenidas y largas partidas de lotería o el propio aroma de las caballas caleteras asadas.
Aunque, aún hoy, hay quienes piensan que, con la debida precaución y conocimiento, estos saltos no suponen un riesgo; lo cierto es que, sobre todo con marea baja, entrañan gran peligro. Más aún cuando, como ha ocurrido muchas veces, un chaval salta inmediatamente detrás de otro o desconoce la zona.
Lo cierto es que a día de hoy, pese a que siguen estando prohibidos y se recuerda a través de cartelería y campañas, hay quienes siguen realizándolos.
Saltos que tienen lugar en un puente que en su día fue construido para que las lanchas cañoneras que se encontraban en aguas de La Caleta dispusieran de una vía más directa (sin dar la vuelta al Castillo) para la defensa o ejecución de ataques contra la flota inglesa que, a las órdenes de Nelson, asediaba Cádiz.
